PERDONAME CUQUI
- Clau L.
- 9 nov 2022
- 4 Min. de lectura
Cuántos años han pasado para que me duela la pérdida de Cuqui

Cuqui llegó a mi familia cuando yo estaba en cuarto de secundaria; al principio no lo quería, pero había algo que hacia que él si me quiera. Me perseguía a todos lados y me recibía con mucha alegría cuando llegaba del colegio (algo que causaba los celos de mi hermana menor).
Pues si, Cuqui fue mi primera mascota. Era un perrito mestizo que nos regaló Miguel, un amigo de mi hermana mayor.
Era hermoso. Pelo esponjoso entre marrón claro y blanco, y un rayo blanco en la cabeza. Siempre obediente, buen vigilante y cariñoso. Poco a poco lo fui queriendo hasta ser yo quien más se preocupara por el, sobre todo cuando se enfermó a causa de una alergia que le hizo heridas en su cuerpecito. Lo llevé a la clínica de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de San Marcos. Falté a clases y gasté mis propinas y dinero de los materiales de mis cursos en sus medicinas. Felizmente su recuperación fue un éxito. Seguimos viviendo juntos muchos años pero con mucho más cuidados. Ya no lo sacaba tanto a la calle para que no se contagie.
Lo bañaba muy seguido y secaba su pelo con un secador eléctrico. Lo cepillaba para que quedara como un leoncito. Luego el iba hacia la zona mas soleada para descansar.
Solíamos pasar muchas tardes sentados en el sofá viendo televisión mientras acariciaba su lomito. Cuqui se sentía seguro, protegido y amado. Ese es el resumen de nuestro tiempo juntos.
Un día tuve que viajar a Iquitos para ayudar a mi hermana en su restaurante. No fue difícil para mi decidir viajar tan lejos, nunca pensé que me separaba de mi mejor amigo. Supongo que creí que quedaba en buenas manos. Mi mamá y mi hermana menor se quedaban a cargo; pero al acercarse el cumpleaños de mi hermana decidimos que seria bonito pasarlo juntas en Iquitos, así que viajaron para celebrar el cumpleaños. Cuqui fue encargado temporalmente a mi abuela materna. Pasar la familia junta en Iquitos fue uno de los episodios mas bonitos de mi vida; aunque sin Cuqui, estábamos muy felices. Solo fueron unos pocos días pero fueron realmente extraordinarios.

Regresaron a Lima y cada una a sus obligaciones. Solo tengo vagos recuerdos llamando a casa para pedir que recojan a Cuqui de la casa de mi abuela. Mi hermana mayor y yo estábamos en medio de sacar adelante un negocio nada fácil en una ciudad que no sabia que era un Fast Food. Fueron tiempos difíciles, sombríos, donde la maldad parecía imperar. Iquitos parecía una ciudad enemiga, todo sucedía como una vorágine de malos acontecimientos en medio de sentimientos de soledad. Y en medio de todo eso me veo llamando para pedir que recojan a Cuqui.
No sé las razones, pero cada día se aplazaba el tiempo sin que lo recojan de la casa de mi abuela. No sé cuanto tiempo pasó hasta recibir una llamada de mi madre avisándome que Cuqui se había escapado. Ella estaba realmente angustiada, triste. Lloraba mientras me lo contaba. Por alguna razón, que hasta ahora no llego a entender, mi respuesta fue calmada. No reproché nada. No levanté acusaciones. Solo le dije: "Calma mamá, está bien. Cuqui va a estar bien"
Lo cierto es que pasó el tiempo y mientras viví en Iquitos mi única preocupación era lo que pasaba en Iquitos. Cuando el negocio de mi hermana empezaba a caer decidí regresar a Lima con mi sobrina. Fue tanto el estrés que los dedos de mi mano se habían obscurecido. Cuando el avión despegó lloré inconsolablemente. Tenia el corazón destrozado. Dejaba a mi hermana y un amor perdido. Pero creo que Cuqui no estaba en ninguna parte de ese espacio. No lo recuerdo en todo caso.
Mi vida siguió su rumbo. Retomé el mismo trabajo que había dejado como asistente dental, el amor perdido regresó temporalmente para destrozarme nuevamente. La vida continuó. Pasaron muchos años y aunque siempre recordamos a Cuqui nunca fue con pena. Siempre lo recordamos como un buen perrito y fiel compañero. En verdad, yo siempre me negué a pensar como fue que se perdió. Todos estos años he preferido pensar que alguien lo encontró y lo llevó a su casa para darle el amor que yo ya no pude darle.
Ahora, después de más de dos años de vivir con Jonathan, mi peludito casi Labrador, he vuelto a pensar en Cuqui. En como, después de decir que lo amaba, no hice lo posible para que regrese a su verdadero hogar. Y me hace sentir mal, me hunde la pena.
Hace unos días visité a mi madre (a la que prefiero no hablarle de Cuqui para que no se culpe por su perdida -siempre llora-); fui con Jonathan por primera vez. Fue increíble verlo subir los cuatro pisos sin detenerse hasta llegar al departamento de mi madre. Como si conociera la casa, entró hasta su dormitorio, olía todo; fue al patio donde Cuqui tenia su casita y se echó a descansar en el comedor. Para ser un perrito ansioso que no soporta estar en ambientes desconocidos fue sorprendente verlo tan tranquilo y, hasta se podría decir, a gusto. Incluso en un momento se sentó al lado de mi madre, quien le acarició la cabecita. Al final de la visita mi madre bajó con nosotros las escaleras mientras Jonathan, cada que terminaba de bajar un piso, volteaba para asegurarse que mi madre siga atrás.
¿No será la reencarnación de Cuqui? - le dije. Desde ahí su recuerdo se me hizo más fuerte, poniéndome a pensar en que ni siquiera recuerdo nuestro ultimo día juntos en Lima.
Tal vez quisiera cambiar muchas cosas que pasaron. Ahora que gracias a Jonathan se mucho más sobre las mascotas, entiendo que Cuqui se sentía confundido en la casa de mi abuela y que tal vez salió de su casa pensando encontrar su hogar. Tal vez me extrañaba, seguramente más de lo que yo lo extrañé a él. Perdóname, mi querido amigo Cuqui, por haberte hecho sentir abandonado. Ojalá, cada gesto de amor que yo tengo con Jonathan, puedan resarcir el gran error que cometí al dejarte solo. Ahora se que nunca abandonaría a Jonathan, por nada del mundo.
Perdóname Cuqui. Te mando un beso hasta el lugar donde estés y te prometo que nunca más te abandonaré.

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