Pertenezco a una generación familiar avocados a la buena cocina. Mis hermanas, mi primo Augustito, que inclusive tiene un canal en Youtube, son apasionados de la comida, pero no es solo el arte de cocinar, también es el amor que asocian a cada plato con recuerdos familiares. Debe ser porque nuestros lazos se rompieron por la migración; lo que probablemente haya favorecido a su enriquecimiento cultural mejorando sus técnicas.
Yo, solo me quedo con los olores. No creo ser tan buena como ellos en la cocina, así que cada que hago algún intento culinario, recuerdo a los que vi cocinando en mi infancia y grabaron recuerdos imborrables en mi memoria gastronómica.
Los aderezos de mi Mami.
Cada que escucho a los cuculies cantar desde muy temprano, inmediatamente recuerdo las mañanas en que despertábamos en la casa de mi mami (mi abuela por parte de madre). Si hubo una fiesta que terminaba muy tarde era mejor pasar la noche en su casa. Mi mami se levantaba muy temprano, yo podía sentirla moverse despacio para no hacer mucho ruido y hablar en voz muy bajita, seguramente con mi nonno Oswaldo o algún otro familiar que se hubiera despertado temprano también. Salia a comprar pan francés (calentito). Hacia el café...pasado. ¡El mejor!!! En su pequeña cafetera (algo viejita) colaba el café desprendiendo ese aroma mezclado con el fresco de la mañana, el olor al pan caliente, la mantequilla de leche y el canto de los cuculies. Muy temprano. Mi madre, mis hermanas y yo nos levantábamos y bajábamos al pequeño comedor para desayunar. La mesa se completaba con los primos y tíos. Todos entrabamos en la pequeña mesa y mientras los más pequeños desayunábamos casi en silencio los grandes hablaban de la reunión, las anécdotas, los que fueron a la fiesta, los que no fueron, lo genial que lo pasaron, etc. Era tan gracioso ver y escuchar a mis abuelos conversar, reír, discutir con esa forma tan singular y entre tanto y tanto ella, mi mami, siempre atenta a si habíamos terminado para preguntarnos si queríamos una taza más de café con leche o su famoso te colado Sabu. Recuerdo muy claro esa pequeña teterita de porcelana donde colaba su te. ¡Qué entrañable!!!!

Y como un buen desayuno llama a un gran almuerzo, las damas de la familia organizaban el almuerzo. Empezaba la acción. Primero, a “La Plaza” para hacer las compras.
Todos mis recuerdos se centran en esa cocina que en algún momento tuvo techo de calamina por donde se filtraban los grillos por la noches. Por la puerta falsa, que siempre permanencia semi abierta, entraban mi mami, con la bolsa del mercado, y la hija que la hubiera acompañado. La otra se quedaba en casa limpiando lo que la fiesta de la noche anterior dejó. En la cocina se armaba toda una función gastronómica. Mi mami no empezaba a cocinar sin antes preparar lo primero: un Cocktel de Algarrobina y todos hacíamos un circulo familiar para el brindis, ahí, en la cocina. Era toda una ceremonia que iniciaba mi Nonno Oswaldo, quien casi siempre entre lágrimas agradecía tener a su familia reunida, y seguían uno a uno todos los miembros de la familia haciendo mención a aquellos tíos que vivían en el extranjero. A lo lejos me recuerdo a mi misma haciendo mi agradecimiento a Dios por aquellos momentos familiares. Ni el más pequeño se salvaba de hacer el brindis. Luego, en un dos por tres, los que tenían que ir al jardín a jugar salían, y los que tenían que quedarse en la cocina se quedaban, bien para cocinar o bien para seguir la tertulia siempre amena, tan así que en lugar de jugar muchas veces yo prefería ese cálido lugar.

El arroz. El los tiempos que aun vivía mi bisabuela Chepita, sentada en una silla del pequeño comedor donde desayunamos, ella lo escarbaba y, a veces, los más pequeños, mi hermana Paola, mi primo Roberto y yo, la ayudábamos a sacar las impurezas; una vez lavado se echaba sobre el aderezo de ajos que había hecho mi mami en la ollita redonda. Al mismo tiempo se cocinaba el aderezo del plato de fondo del día que podía ser un delicioso olluquito con charqui. ¿Por qué le salia tan rico? ¿Qué clase de magia tenían sus manos? Mi mami era la Ama y Señora del aderezo, tan buena creo, que por esa razón, tal vez, mi mama nunca se atrevió a cocinar olluquito con charqui. Y así mismo, como infalible era Su cocktel de algarrobina, la entrada debía ser Papa en crema de Huacatay. En esos platitos pequeños primero colocaba la lechuga, tres rodajas de papa, la salsa abundante, un pedazo de huevo y una aceituna.
Ya estaba todo listo. Podíamos sentarnos a la mesa. Pan en el centro que cortaba mi Nonno (el pan francés que sobró del desayuno), copas para el vino,vasos para la gaseosa. Otro brindis. Más emoción. Por los que estaban, por los ausentes. Lágrimas. El gozo del almuerzo delicioso. La tertulia familiar. La sobremesa cuán larga era la tarde. El postre...quizás unos duraznos en almíbar, quizás algo mas elaborado. Quizás la llamada de larga distancia, quizás no.
Caía el atardecer y con la noche el canto de esos grillos que invadían desde el jardín. Era hora del lonche para luego regresar cada uno a sus casas llevándonos esos olores y sabores en nuestra memoria. Yo...los tengo en el corazón. Cada que estoy en la cocina pienso en la dedicación y esmero que mi mami ponía en cada encuentro familiar para darnos lo más rico de sus potajes . Muchos años mas tarde, en otros lares, mi hermanda mayor pudo retribuir ese amor preparando para mi mami pasteles de manzana o cualquier otro detalle de repostería.
Yo sigo añorando esos olores que nunca más he podido reproducir...solo en mi memoria.
En memoria de Josefina Laos Mariluz, mi Mami
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